Viernes, 03 Noviembre 2017 18:00

Volpone Reseñado

por: Ricardo Ospina

Martes 19 de Julio

Para los Tespys, anfitriones siempre de El Gesto Noble, tendría que ser un reto, una prueba mayor, poner en evidencia lo que están aprendiendo a hacer, toda vez que no sólo juegan en su casa como locales, sino que por otro lado, tienen la posibilidad de nutrirse de otras propuestas, de otras estéticas, cada año como espectadores. A los grupos de teatro los va caracterizando un estilo propio, la búsqueda de una determinada forma o tendencia. Quien hace teatro sabe que todo el proceso de conquista de un núcleo expresivo domina su obra, incluso si se trata de encontrar variantes o nuevas posibilidades de montaje; en el caso de Tespys, lentamente se comienza a presentir algo así como esbozos o bocetos de un hallazgo propio y como el alquimista, tendrían que esperar frente al reverbero que el fuego trasmute los materiales.

Tespys ha venido alcanzando una forma en términos de iluminación, de agrupamiento de los personajes, de los juegos con las sombras, de las proyecciones y las transparencias, haciendo de la luz no un asunto externo sino un personaje más de la escena. En Volpone la luz logra la modificación de las situaciones o la permanencia espacial, de cara a las voces o a los desplazamientos; ahora bien, el empleo de las máscaras, acertadas en este caso, dan relieve justamente a la mascarada, tema subyacente y expreso de ésta obra. El reto, para ellos, estaba en la visión contemporánea de una obra isabelina de Ben Jonson, en el acento, en el tono, en los matices, sin caer en la vulgarización o en el ajuste, casi siempre forzado, a una forma clásica. Tespys intentó encontrar, de manera afortunada, el vínculo entre el teatro isabelino y la escena contemporánea, y la tensión tan difícil de mantener en este tipo de adaptaciones, logró sostenerse sin vacilaciones, y este quizá fue su mérito. Es fácil reparar en las fallas o en los agujeros, partiendo del tan corroborado “le falta esto, le falta aquello, le sobra esto otro”, casos como la presencia de una silla de ruedas que como objeto cotidiano actual podría sacarnos de la ilusión, o de un himno nacional que al convertirse en un cliché, le quita al espectador la posibilidad de encontrar por cuenta propia el reflejo en cuestión; pero eso no es lo importante. Más allá de estas sugerencias, lo que consigue Tespys, en todo caso, es permitir que el tema y el ambiente, tan alejados en el tiempo, se filtren en la visión actual: por un lado poniéndole freno -por instinto creativo- a lo meramente artificial o impostado de casi todas adaptaciones, dándole relevancia a la sustancia de la obra: un maremagnum de falsedades humanas hasta lo grotesco, una salpicadura de hipócritas, de doblados, de tartufos, la metáfora de la loba que se alimenta de las propias falsedades y de las traiciones, toda la mascarada de la corrupción y la codicia. Y si hablamos de tensión, hay que pensar en el arte de templar la cuerda del arco, para que luego se haga flexible y dé en el punto. Como pieza del teatro isabelino, lo peor que podría pasar es impostar unas maneras, unas formas antiguas hasta la deformación, hasta hacerla falsa, o bien darle contextos forzados, pintorescos o costumbristas, ¿cómo lograr el equilibrio? Lo que vale reconocer en Volpone de Tespys, es ese punto escurridizo en el que un tema clásico ofrece todas las posibilidades de reflejarse en nuestro propio mundo, en las martingalas del poder y la corrupción que conocemos a diario. El recurso se dio por vía de la ilusión de la escena, en haberla vuelto fábula, imagen, ficción, es decir, en haberse procesado como un reflejo; lo vemos en las máscaras, los ademanes, los trajes, en ese toque de burla, de fanfarronería y hasta de picaresca. Lo más difícil estaba en las dos largas horas de representación, en lo “apretado” y enrevesado de los diálogos, en las velocidades verbales, en la frenética urgencia. Con el reflejo y la fábula se provocó a la ficción para que ésta a su vez provocara la risa, haciendo evidentes a estos seres vulgares, taimados, aduladores e interesados, el reflejo en donde aparece el bastardo juego de la renta y el cebo monetario. Hay un bello término de Luís Tejada que designa esto, se podría decir que Volpone es una suerte de “cáfila”, esto es, una multitud de gentes, animales o cosas, que están en una agitación permanente y que van unas tras otras como persiguiendo algo con astucia hasta la degradación. Una cosa es caer en lo grotesco para tratar de hacer visible lo peor de la condición humana, atravesada por apetitos voraces y por ambiciones, otra cosa es hacer de lo grotesco un arte, darle el cuerpo, la voz, el matiz a toda la mascarada. Para que lo grotesco se haga visible como una observación tajante sobre el estado del mundo, se requiere que una vez terminada la obra, ella se refleje en nosotros. Al no perder la ilusión de la escena, la diatriba permite que lo actual se refleje en lo antiguo y lo antiguo no pierda su carácter de actualidad, Volpone es nuestro propio medio porque nuestro medio hace rato ya que viene devorándose a sí mismo, sobre todo allá arriba, en los colegiados de justicia donde se legitiman la rapiña y el crimen.

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