Martes, 31 Octubre 2017 17:06

Crítica Julián Acosta

PERVERTIMENTO O EL ARTE DE PENSAR EL TEATRO DENTRO DEL TEATRO

Por Julián Acosta Gómez

Hay un objeto invisible en el centro del escenario cuya existencia solo es perceptible desde la mente de los dos personajes: son dos exploradores. El objeto adquiere su definición desde la metafísica, trasciende lo objetual y se aloja en los dominios de las ideas. Lentamente el objeto se va desarrollando en los diálogos de ambos exploradores que se preguntan constantemente por la naturaleza del objeto. Sucede que el objeto es una pregunta; sucede que el teatro es una pregunta. De esta manera inicia la obra de teatro Pervertimento a cargo de Tespys. La dramaturgia es una propuesta magistral de José Sanchis Sinisterra que resulta ser un divertimento reflexivo, un juego de metateatralidad que propone al espectador la dualidad ficción/realidad no desde la clásica dicotomía sino desde una comunión. La realidad y la ficción dejan de ser espacios separados por la cuarta pared y se unen en un flirteo constante. Esta obra que nos presenta Tespys es una clara reflexión del teatro sobre sí mismo.

La estructura de la obra es fragmentaria y está dividida en pequeños cuadros que desarrollan microdramas donde el único hilo conductor es la metateatralidad ya mencionada. Luego del cuadro con el que inicia la obra tenemos un monólogo donde lo acontecido no se desarrolla en el escenario sino “aquí al lado”, un lugar imaginario que en última instancia termina siendo la imaginación del espectador. En este instante los recursos utilizados logran transmitir la intención: El personaje se dirige a un costado del escenario y contra un telón negro posa sus ojos como si entreviera por una rendija, va relatando a los espectadores mientras la acción dramática se adecúa a la historia que ocurre al lado y que el espectador no ve pero imagina. El espacio escénico es la imaginación del espectador inspirado, evidentemente, en la fuerte sugestión que transmite el personaje y la ambientación sonora. En primera instancia la reflexión es clara: el teatro requiere de un pacto con el público donde este admite el acontecimiento y lo alimenta con su propio entendimiento y ensueño.

Otro de los microdramas entabla una parodia de cómo se ensaya un acto melodramático. Entonces son tres personajes en escena: un director que orquesta, un hombre y una mujer que son actores. Hay dos líneas de acción que se superponen y se relacionan, que se aportan elementos una a otra: por un lado tenemos esa escena que ensayan (teatro dentro del teatro) que habla sobre un conflicto entre el hombre y la mujer que termina por convertirse en un deseo pasional. Por otro lado tenemos en primer plano la parodia de dos actores que se dejan desnudar por sus personajes mientras el director intenta imprimir su estética al drama. En síntesis, los actores actúan como actores y en esa ficción dejan al descubierto aquella dualidad entre el personaje y el actor, cómo el actor está indefenso ante la interioridad del personaje (sus emociones) y ante los designios de un director. Segunda reflexión de la obra: la emotividad es un atributo que propone la lógica del personaje pero que el actor debe medir y desarrollar para lograr una profundidad en el mismo.

¿Quién dice las palabras liberadas por los personajes? Es el tema dinamizador de otra escena. Está un hombre sentado, su caracterización hace pensar en la luminosidad. A su lado hay otro personaje cubierto por tinieblas y de presencia taciturna, es una oposición al primero, representa lo oscuro. Ambos discurren sobre si son ellos quienes hablan desde su autonomía o si todo lo pensado, exclamado o incluso lo callado está ordenado desde siempre por la presencia del autor. Los personajes adquieren una dimensión de sometimiento ante los designios de un autor divinizado. Tercera reflexión de la obra: los personajes son construcciones simbólicas, su riqueza o su pobreza radican en la versatilidad y fuerza que le pueda otorgar el autor… o el actor.
Finalmente, vale la pena pensar en el monólogo final. El personaje irrumpe con su traje y maneras antiguas. Lo que dice manifiesta plena conciencia de la breve pero esplendorosa vida de los personajes, de cómo los actores son huéspedes de las personalidades, sean como sean, de los personajes. Allí el actor presta algo de sí para que el personaje pueda enarbolarse frente a los rostros de los espectadores, pero el actor saldrá y dejará al personaje escondido en algún lugar de sí como palabras muertas. No obstante, el actor se perderá entre los nombres y los hombres pero el personaje quedará en la memoria de los espectadores. Cuarta reflexión: Los personajes son cuerpo y acción, los actores cargan con la responsabilidad de dotar de corporalidad a lo incorpóreo, de hacer visible lo invisible.
Así las cosas, Pervertimento es una obra que pone ante los ojos del espectador aquellos hondos dilemas que atraviesan las tablas del escenario, una reflexión que apela a la imaginación como recurso principal para la edificación de las escenas y su verosimilitud.

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