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Viernes, 26 Abril 2013 21:44

Carta abierta a William Shakespeare

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O -a mi disgusto-.

Querido William Shakespeare,

¿Qué te ha pasado? Siempre sentimos que podíamos confiar en ti. Sabíamos que nuestro trabajo de puesta en escena a veces gozaría de aprobación, a veces seria rechazado.

Es lo normal. Estamos preparados para ello. Pero ahora el que recibe críticas adversas ere tú. Cuando aparecieron las críticas de Titus Andronicus, ensalzándonos a todos nosotros por haber salvado a tu horrenda obra, no pude evitar cierto resquemor de culpa. Porque, a decir verdad, a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido pensar, mientras ensayábamos, que la obra podía ser tan mala.Por supuesto, enseguida comprendimos lo equivocados que estábamos. Y no antes que nadie hubiera estado dispuesto a admitir que ésa era tu peor obra de haberme visto asaltado por otras reflexiones. En ocasión de montar Trabajos de amor perdidos, por ejemplo, ¿no hubo acaso un crítico que escribió que ésa una pieza –más débil y tonta-¬¬? Y en el caso de Cuento de invierno, no recuerdo qué crítico dijo que –es ésta la peor obra de Shakespeare; un verdadero desecho pretencioso y pesado-. En ese momento yo había terminado la obra con la convicción de que, en su irrealidad, era un invención hermosa, altamente emotiva, una maravilla; una fábula cuyo final feliz, la estatua que cobra vida, no era otra cosa que el milagro verdadero generado por un Leonte lleno de una sabiduría y de una gran clemencia. Me temo que había perdido da vista el hecho de que ya no importaban ni siquiera los milagros, por improbable que esto parezca.Supongo que, poco a poco, iba preparándome para aceptar La Tempestad fue tu más grave error. Por supuesto equivocadamente, yo sentía desde siempre que era tu obra mayor; la veía como una suerte de reverso del Fausto, la última pieza del ciclo final de tus obras sobre la piedad y el perdón, una obra que es, en toda su extensión, una tormenta desatada, la cual la calma llega soló en las últimas páginas. Sentía que estabas en pleno uso de tu talento cuando decidiste hacerla dura, abrupta, dramática. Que no era casual que en las tres tramas marcases el contraste de un Próspero solitario y ávido de verdad con los señores asesinos y brutales, con bufones oscuramente perversos y ambiciosos. Que no te habías olvidado de repente de las reglas de la dramaturgia, como por ejemplo aquella que dice –hacer que cada personaje sea semejante a cualquiera de los espectadores-, cuando deliberadamente colocaste a la más grande tus obras maestras un poco más lejos de nosotros, en un nivel más alto.Ahora, tras haber leído todas las críticas, descubro que La tempestad es tu peor obra –absolutamente la más mala de todas- y debo disculparme ante ti por ser capaz de disimular mejor sus muchos defectos. Afortunadamente, fui consiente de mi error hallándome todavía en Stanford, y como tenía un par de días disponibles antes de marcharme pensé que seria bueno ir a ver de tus obras maestras más celebres. Consulté la programación. Daban El Rey Juan, y cuando estaba a punto de conseguir mi localidad recordé haber leído que esa obra era <>; de manera que decidí no perder mi tiempo con ella. La noche siguiente estaba programada Julio César, pero de esta se había dicho que era una de tus obras , de manera que esperé que pusieran en cartel Cimbelino (confieso que siempre he sentido por la encantadora fantasía de este cuento un amor incondicional). Sin embargo, para hacer tiempo, me puse a leer la críticas que qué exhibían en el teatro y descubrí que casi todas ellas coincidían en que, pese a que la puesta en escena la salvaba, era ésta <>, y aunque suele gustarme precisar una puesta en escena brillante y unas buenas actuaciones, comprenderás que esta vez lo que quería era ver una buena obra.Entonces me llamó la atención el anuncio de A vuestro gusto. Y allí estaba, en letras de molde: matinée, 14.30 horas, A vuestro gusto, la única de tus obras de la que nunca había leído o escuchado decir nada adverso; una obra libre de toda sospecha. De manera que pagué mi entrada y entre en la sala. Y ahora debo confesarte que no me gusta A vuestro gusto. Lo lamento, pero me parece demasiado campechana, como si fuera una especie de anuncio de cerveza; no la encuentro poética y, francamente, tampoco me parece demasiado graciosa. Cuando hay un villano, que se arrepiente porque se ha salvado por poco de que se lo comiera un león y otro villano, al frente de su ejército <> porque se topa con un <> y mantiene con él <>, realmente perdió la paciencia. De manera que ahora, mi querido autor, no sé qué decirte. Creo que la gran mayoría de todas tus obras son milagrosas, salvo A vuestro gusto. Los críticos piensan que la gran mayoría de tus obras son malas, o aburridas, salvo A vuestro gusto. El público las ama absolutamente todas, incluso A vuestro gusto. ¿Qué extraña condición es ésta? ¿Por qué se produce? ¿Cuál es el hilo conductor que une actitudes tan diferentes? ¿Influirá en mí el hecho de que tuve que hacer A vuestro gusto en mi examen de graduación? ¿Acaso el hecho de que tenga el deber profesional de ver cada una de las nuevas puestas en escena de Shakespeare que, quiérase o no, todos los años suben y bajan de cartel es suficiente como para que se vean salpicadas por el estigma de un certificado de estudios de pesadillas?
(PETER BROOK, más allá de espacio vacío)

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