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Las políticas globales de los últimos años, que se ven reflejadas en los Estados, han venido
entendiendo y tratando la cultura como un lucrativo sector de la economía, como un
ejercicio que se define en el consumo de espectáculos de entretenimiento, como una
mercancía más, reduciendo cada vez más el papel fundamental que la cultura tiene en la
vida de los seres humanos y las comunidades.
Por su parte, en los barrios y poblados rurales de ciudades grandes y pequeñas, dispersas
por Colombia de igual manera que por toda la geografía de nuestro continente
latinoamericano, han brotado y florecido durante varias décadas, en medio de múltiples
guerras, casi siempre en las periferias urbanas, diversos tipos de organizaciones y procesos
culturales nacidos de las comunidades, para las comunidades y por las comunidades.
En esquinas de casas familiares, centros cívicos, escuelas, parroquias y otros espacios
barriales, se han venido fundando durante años, pequeñas bibliotecas, sedes de todas las
artes, espacios de filosofía; de ciencia y tecnología; centros de historia y de defensores del
patrimonio; museos, medios de comunicación popular, casas de la cultura y actos festivos
no comerciales, relacionados con entidades educativas, en diálogos con la diversidad, como
nodos de acupuntura dispersos sobre el territorio, revitalizándolo, sanándolo y llenándolo
de energía.
Puntos de cultura comunitaria (organizaciones, espacios y procesos) que han venido
garantizando durante años el derecho de los ciudadanos al libre acceso a las riquezas de la
cultura, el derecho de cada persona al desarrollo de su creatividad, expresividad,
sensibilidad, imaginación, curiosidad, inteligencia, conocimiento, memoria histórica e
identidad, en contextos de vida comunitaria con valores sociales agregados como la
solidaridad, fraternidad, convivencia, gobernabilidad, en la perspectiva del bien vivir.
Puntos de cultura que dignifican la vida cotidiana de las personas y las comunidades, en
territorios en los que muchas veces no existen otros espacios para la construcción del tejido
social, para el disfrute del tiempo libre, para el desarrollo de las potencialidades humanas.
Experiencias culturales que se salen del modelo de las llamadas industrias culturales, en
tanto la mayoría se inserta en contextos de escasez económica, periféricos y marginales, en
donde no es posible la acumulación monetaria; en tanto no pretenden ofrecer un
espectáculo para el entretenimiento, sino que se configuran en una fuerte intencionalidad
pedagógica y transformadora; en tanto, más allá de públicos, éxitos de taquillas, estudios de
mercadeo, hablan de procesos, de participantes involucrados, de personas incluidas.

Puntos de cultura comunitaria en donde no es posible el ánimo de lucro propio del
mercado, pero que no obstante garantizan una gran rentabilidad social, política y cultural,
en lo inmediato; y una inmensa rentabilidad económica en lo futuro, pues las comunidades
en las que es posible invertir en educación y cultura para la infancia y la adolescencia, es
evidente el ahorro en cárceles, hospitales, centros de resocialización, guerras; hecho que se
corrobora en investigaciones del BID (estudio High Scope Perry), que demuestran que por
cada dólar invertido, se recuperan diez y siete dólares de ganancia a la vuelta de veinte
años.
Si bien entendemos que el universo de la cultura puede tener también una perspectiva
económica, que los procesos requieren recursos y a la vez pueden generarlos, y sin
oponernos a aquellos que deciden legítimamente construir empresas rentables con los
insumos de la cultura, asumimos también y sobre todo que la cultura va mucho más allá de
las lógicas del mercado en la que ha querido reducírsele. La cultura debe entenderse como
un derecho fundamental del ser humano, asociado al derecho a la educación. El derecho de
cada persona a crear, a ser partícipe de todos los acumulados simbólicos de su cultura
propia, en relación con los flujos culturales del mundo. Y las sociedades deberán garantizar
este derecho desde sus organizaciones ciudadanas, con el compromiso y la participación del
sector privado y gubernamental.
La existencia de la mediación cultural comunitaria en las últimas décadas en Colombia y
América Latina ha sido fundamental en la construcción colectiva de las ciudades. Sin
ninguna duda, estas poblaciones serían otras sin la presencia valiente y permanente de
estos dinamizadores de la cultura. Sin la presencia activa de la cultura de raíz comunitaria en
medio de los conflictos sociales nuestras ciudades sucumbirían a la barbarie. Serían un erial
de individuos solos, aislados y temerosos, y no los territorios que todavía ríen, cantan y
bailan, incluso aun cuando las adversidades persisten.
Hoy se hace urgente visibilizar y fortalecer estas entidades y estas prácticas pro-culturales
de raíz comunitaria en la perspectiva de una política pública, no solo para dinamizar las
existentes sino para estimular la creación de cada vez más entidades que trabajen por la
vida comunitaria a través de la cultura, en sus territorios comunes, como espacios
fundamentales bien en tiempos de guerra y conflicto como en periodos de paz.

SE PROPONE

Bajo todas estas consideraciones, e invocando la declaración constitucional de la Cultura
como el fundamento de la Nación, el Tercer Congreso Latinoamericano de Cultura Viva
Comunitaria, realizado en Quito, Ecuador, entre el 20 y 26 de noviembre de 2017, hace un

llamado para que el gobierno colombiano coloque en la mesa de discusión de los diálogos
de paz con el ELN, la urgencia de trascender sus políticas de desarrollo cultural del país (más
allá del estímulo financiero a un sector económico), hacia el fortalecimiento de las múltiples,
ricas, diversas, formas de expresión y organización comunitaria alrededor de la cultura y su
incidencia en la construcción real de la paz, en el corazón y la mente de los colombianos.

Para esto propone:

1. Que el Estado colombiano reconozca y reivindique la importancia vital de las diversas
expresiones de la cultura popular y las organizaciones y agrupaciones de cultura con
origen, sentido y finalidad comunitaria.
2. Avanzar en la destinación de por lo menos el 0,1% del presupuesto total de la nación,
para el estímulo a la generación de iniciativas culturales comunitarias, no lucrativas,
de organizaciones dedicadas a garantizar el derecho a la cultura al interior de los
territorios urbanos y rurales.
3. Que el Ministerio de Cultura diseñe y ejecute, de manera participativa con
organizaciones de cultura comunitaria, una política nacional para el fortalecimiento
de las expresiones y organizaciones de raíz comunitaria,
4. Que desde esta política el Ministerio de Cultura defina en su interior una unidad
especializada en este tema, así como existen unidades dedicadas a otros temas de
política cultural.
5. Que el Ministerio de Cultura involucre dentro de sus políticas de estímulo a la cultura
(concertación, becas, circulación, entre otras) una línea que enfatice en la noción de
cultura comunitaria.
Todo esto, en la perspectiva de garantizar la pervivencia a un futuro cercano y lejano de
estas estrategias de fortalecimiento cultural autogestionadas por las comunidades, insertas
en los territorios, históricas, participativas, de gran efecto e incidencia, sobre el desarrollo
integral de la Nación y la construcción de la paz.

TERCER CONGRESO LATINOAMERICANO DE CULTURA VIVA COMUNITARIA
Quito, 23 de noviembre de 2017.