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Noticias (70)

Jueves, 09 Mayo 2013 17:12

CONCIERTO "18 DE OCTUBRE DE VIBORAL

La banda pelayera “18 de Octubre de Viboral” conformada por veintiún músicos instrumentistas provenientes de varias escuelas de música y bandas sinfónicas del Oriente Antioqueño, es originaria del municipio de El Carmen de Viboral – Antioquia. Surgió el día 18 de octubre del año 2012, impulsada por la investigación académica acerca de los ritmos tradicionales de la Costa Caribe Colombiana (Porro palitiao, porro tapao y fandango), realizada por su director Jhonatan Castañeda Ossa, así como por el interés de sus integrantes en la difusión de la tradición Sinuana, por medio de la música.

 

Mayo 11 de 2013 / 7:30 p.m.
SALA DE TEATRO TESPYS
Casa de la Cultura El Carmen de Viboral
Entrada $5.000

Martes, 07 Mayo 2013 09:46

EL TRICICLO DE NEPTUNO

EL TRICICLO DE NEPTUNO PRESENTA RUEDA SIN BIELAS

 

Es una propuesta de compartir con el público uno de los ejercicios de improvisación que se realizan en los talleres semanales, como muestra didáctica del proceso de formación actoral de los niños; es una rueda, a la que los actores nacientes le construirán sus bielas, con la complicidad del espectador.

 

Mayo 10 de 2013 / 7:30 p.m.
SALA DE TEATRO TESPYS
Casa de la Cultura El Carmen de Viboral
Entrada Libre

Viernes, 26 Abril 2013 16:44

Carta abierta a William Shakespeare

O -a mi disgusto-.

Querido William Shakespeare,

¿Qué te ha pasado? Siempre sentimos que podíamos confiar en ti. Sabíamos que nuestro trabajo de puesta en escena a veces gozaría de aprobación, a veces seria rechazado.

Es lo normal. Estamos preparados para ello. Pero ahora el que recibe críticas adversas ere tú. Cuando aparecieron las críticas de Titus Andronicus, ensalzándonos a todos nosotros por haber salvado a tu horrenda obra, no pude evitar cierto resquemor de culpa. Porque, a decir verdad, a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido pensar, mientras ensayábamos, que la obra podía ser tan mala.Por supuesto, enseguida comprendimos lo equivocados que estábamos. Y no antes que nadie hubiera estado dispuesto a admitir que ésa era tu peor obra de haberme visto asaltado por otras reflexiones. En ocasión de montar Trabajos de amor perdidos, por ejemplo, ¿no hubo acaso un crítico que escribió que ésa una pieza –más débil y tonta-¬¬? Y en el caso de Cuento de invierno, no recuerdo qué crítico dijo que –es ésta la peor obra de Shakespeare; un verdadero desecho pretencioso y pesado-. En ese momento yo había terminado la obra con la convicción de que, en su irrealidad, era un invención hermosa, altamente emotiva, una maravilla; una fábula cuyo final feliz, la estatua que cobra vida, no era otra cosa que el milagro verdadero generado por un Leonte lleno de una sabiduría y de una gran clemencia. Me temo que había perdido da vista el hecho de que ya no importaban ni siquiera los milagros, por improbable que esto parezca.Supongo que, poco a poco, iba preparándome para aceptar La Tempestad fue tu más grave error. Por supuesto equivocadamente, yo sentía desde siempre que era tu obra mayor; la veía como una suerte de reverso del Fausto, la última pieza del ciclo final de tus obras sobre la piedad y el perdón, una obra que es, en toda su extensión, una tormenta desatada, la cual la calma llega soló en las últimas páginas. Sentía que estabas en pleno uso de tu talento cuando decidiste hacerla dura, abrupta, dramática. Que no era casual que en las tres tramas marcases el contraste de un Próspero solitario y ávido de verdad con los señores asesinos y brutales, con bufones oscuramente perversos y ambiciosos. Que no te habías olvidado de repente de las reglas de la dramaturgia, como por ejemplo aquella que dice –hacer que cada personaje sea semejante a cualquiera de los espectadores-, cuando deliberadamente colocaste a la más grande tus obras maestras un poco más lejos de nosotros, en un nivel más alto.Ahora, tras haber leído todas las críticas, descubro que La tempestad es tu peor obra –absolutamente la más mala de todas- y debo disculparme ante ti por ser capaz de disimular mejor sus muchos defectos. Afortunadamente, fui consiente de mi error hallándome todavía en Stanford, y como tenía un par de días disponibles antes de marcharme pensé que seria bueno ir a ver de tus obras maestras más celebres. Consulté la programación. Daban El Rey Juan, y cuando estaba a punto de conseguir mi localidad recordé haber leído que esa obra era <>; de manera que decidí no perder mi tiempo con ella. La noche siguiente estaba programada Julio César, pero de esta se había dicho que era una de tus obras , de manera que esperé que pusieran en cartel Cimbelino (confieso que siempre he sentido por la encantadora fantasía de este cuento un amor incondicional). Sin embargo, para hacer tiempo, me puse a leer la críticas que qué exhibían en el teatro y descubrí que casi todas ellas coincidían en que, pese a que la puesta en escena la salvaba, era ésta <>, y aunque suele gustarme precisar una puesta en escena brillante y unas buenas actuaciones, comprenderás que esta vez lo que quería era ver una buena obra.Entonces me llamó la atención el anuncio de A vuestro gusto. Y allí estaba, en letras de molde: matinée, 14.30 horas, A vuestro gusto, la única de tus obras de la que nunca había leído o escuchado decir nada adverso; una obra libre de toda sospecha. De manera que pagué mi entrada y entre en la sala. Y ahora debo confesarte que no me gusta A vuestro gusto. Lo lamento, pero me parece demasiado campechana, como si fuera una especie de anuncio de cerveza; no la encuentro poética y, francamente, tampoco me parece demasiado graciosa. Cuando hay un villano, que se arrepiente porque se ha salvado por poco de que se lo comiera un león y otro villano, al frente de su ejército <> porque se topa con un <> y mantiene con él <>, realmente perdió la paciencia. De manera que ahora, mi querido autor, no sé qué decirte. Creo que la gran mayoría de todas tus obras son milagrosas, salvo A vuestro gusto. Los críticos piensan que la gran mayoría de tus obras son malas, o aburridas, salvo A vuestro gusto. El público las ama absolutamente todas, incluso A vuestro gusto. ¿Qué extraña condición es ésta? ¿Por qué se produce? ¿Cuál es el hilo conductor que une actitudes tan diferentes? ¿Influirá en mí el hecho de que tuve que hacer A vuestro gusto en mi examen de graduación? ¿Acaso el hecho de que tenga el deber profesional de ver cada una de las nuevas puestas en escena de Shakespeare que, quiérase o no, todos los años suben y bajan de cartel es suficiente como para que se vean salpicadas por el estigma de un certificado de estudios de pesadillas?
(PETER BROOK, más allá de espacio vacío)

Miércoles, 24 Abril 2013 17:10

El Gesto Noble

Por Andrés Marcel Giraldo

Un gesto inútil sobre El Gesto Noble

Una de las cosas más difíciles de hacer bien es poner un nombre. A un hijo, a un almacén, a éste artículo. Por eso, por lo difícil que fue, todavía pasa por mi mente la tarde en la que un grupo de ociosos de la cultura de El Carmen de Viboral bautizamos al festival de teatro. Y me da risa vernos ahí sentados a tres o cuatro peludos, en torno a un escritorio inundado de humo de pielroja, gastándonos en eso el efecto estimulante del tinto, con las miradas perdidas en el mural paradisíaco que adornaba la dirección de la Sixto Arango Gallo, como esperando a que apareciera de entre el agua de las cascada una musa inspiradora, cual modelo de boxeo, con el letrerito en alto del nombre para el festival de teatro que queríamos hacer.
Fueron largas las horas. Pero luego de tanto rascarnos la cabeza y al cabo de una buena dosis de risas y carreta barata, por fin alguno dijo algo aparentemente interesante. No sabría decir quién de todos fue. Él seguro sabrá. Cada quien guarda en su mente, uno por uno y protegidos del mal de Alzheimer, sus momentos más lúcidos. A éste genio, que Dios lo guarde con salud en las montañas del Oriente Antioqueño, se le ocurrió algo que probablemente nadie, jamás, había pensado durante las elucubraciones previas a cualquier bautizo... Es evidente que no lo pensó el que puso el nombre a Ludovico Alberto Cuarto El Grande Varón Von Strolin. Tampoco quien bautizó a Esmeralda Eugenia de la Santísima Trinidad Gregoria-María Segunda. Pero a nuestro genio Carmelitano sí. A él sí se le ocurrió. Hizo una pausa, respiró, nos miró a todos a los ojos, uno por uno, y en tono solemne lanzó su sentencia: el nombre que llevaría nuestro festival sería un nombre corto, sonoro y contundente. De fácil recordación. ¿Cómo cuál? Dijimos todos en coro, esperanzados en podernos ir ya para las casas con la tarea resuelta. Ah, yo no sé, eso sí les toca a ustedes, yo ya di mi aporte... ¿Todo yo pues?...
Brillante la intervención. No falta el aporte novedoso. Los demás nos miramos, torcimos la boca como diciendo "vean pues a éste", y volvimos al comienzo. Yo me concentré en recordar a la de los quince minutos de viniltex de pintuco que anuncia los últimos quince minutos de juego en los partidos de fútbol del torneo nacional. (Estarán de acuerdo conmigo en que uno necesita inspiración para alcanzar algún nivel de genialidad). Con los ojos cerrados y la cabeza reposando sobre ambas manos, con los codos apoyados en el escritorio, la cafeína hizo su primer efecto. Abrí los ojos, y sin haber dicho nada todavía, todos los ojos se voltearon atentos hacia mí, pues era evidente que iba a decir algo. Entonces no tuve de otra. Tragué saliva y la pensé bien antes de soltarla al auditorio impaciente: Si era un festival de teatro, algo muy importante era el papel del gesto. Se me ocurría que la primera palabra del nombre debía ser Gesto. Se miraron, guardaron un poco de silencio, hasta que alguno, otro que tampoco recuerdo quién era, dijo: sí, puede ser, me parece interesante. Los demás de la ronda asintieron progresivamente y terminada una vuelta de cabezas afirmativas se dio el primer pupitrazo de aprobado, como en cualquier sesión de legisladores criollos en las que se deciden cosas realmente importantes. Entonces habíamos dado el primer paso.
El Gesto. Muy bien. Pero El Gesto qué... Ustedes no se imaginan todas las cosas que puede ser un Gesto. El Gesto Feliz, El Gesto Grande, El Gesto Amplio, El Gran Gesto, El Gesto Mudo, El Gesto Sutil, El Gesto Real, El Gesto Gestual... Cuántos Gestos se le pueden ocurrir a un grupo de vagos que se dan el lujo de dedicar una tarde completa a pensar en nombres. Para un Festival. Y de Teatro... Pasaron los segundos, los minutos y las horas, en medio del vacío mental, las discusiones acaloradas y las justificaciones traídas de los cabellos con las que cada cual trataba de ganarse el punto para aquel adjetivo que acompañaría al glorioso Gesto. Hasta que uno de los ociosos anónimos allí reunidos mandó callar al resto y sentenció: Un buen gesto ha de ser un Gesto Noble.
Nos quedamos mudos. Nos miramos rápidamente y no fue necesaria otra retahíla justificatoria. Ni siquiera hicimos la ronda de asentimientos con la cabeza. Con esas dos palabras bastó para que brotaran todas las sonrisas afirmativas. Y entonces rompimos en un júbilo colectivo como si a la niña de viniltex súbitamente se le hubieran desamarrado los cucos. Saltamos, aplaudimos, nos abrazamos. Alguien, sin duda el más feliz, gesticulaba con las manos en el aire, trazaba líneas imaginarias y nos invitaba a soñar el nombre colgado en una pancarta a la entrada del pueblo. Otro que se creía dibujante no lo soportó más y saltó de la silla tras un papel y un lápiz para bosquejar el logo de la mano y la mariposa... Era una felicidad como si hubiésemos encontrado el eslabón perdido, ganado un Nobel o parido un hijo.
A quién se le ocurre contar estas cosas. Gastar papel en algo tan pendejo es cosa de desocupados. Puede ser. Pero me dieron papaya y quería dejar constancia de cómo bautizamos el más bacano de los festivales de teatro en Colombia. Contarlo es un Gesto Inútil. Si, tal vez. Mejor lo dejamos así. Pero antes de terminar, la última de las justificaciones: Por qué Noble. Por la cálida hospitalidad de éste pueblo antioqueño con sus visitantes, por el gesto desinteresado de los grupos que asisten a la cita cada año, por la mística que le imprimen los organizadores a su trabajo.. en fin, noble porque sí, por bueno, porque así nació: cómo un simple gesto en una noble tarde de ocio.

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